BLACK SABBATH -DORTMUND

BLACK SABBATH -Dortmund, 30 de noviembre de 2013 (Westfalenhalle)

black-sabbath-poster dortmundEl ambiente que se respiraba en las oscuras y silenciosas cercanías de la Westfalenhalle no se correspondía con el nerviosismo y la exaltación con que muchos nos desplazamos hasta la fría Dortmund para asistir a uno de los conciertos de nuestra vida. Jóvenes y mayores acudíamos religiosamente a la esperada cita con una mezcla de entusiasmo, devoción e incredulidad. Más de uno se preguntaba cómo las azafatas podían dedicar su charla a otros asuntos que no tuvieran que ver con el repertorio escogido para esa noche, el sonido de 13 o alguna que otra anécdota en torno a Ozzy y los suyos. Así era: nos sentíamos en el centro del mundo, en el lugar adecuado y en el momento preciso.

Quizás fue ese arrebato de pasión casi adolescente lo que nos llevó a algunos a descuidar aspectos prácticos y de logística, hasta el punto de que, por desgracia, nos quedamos sin ver a los Uncle Acid & the Deadbeats. Con todo, la demora no le restó ni un ápice de magia a la que prometía ser una velada musical inolvidable. Nietos, padres y abuelos concurrían con la felicidad y el orgullo de quien recuerda cuando, allá en los años mozos, de pronto se sorprendió tarareando hasta la saciedad los gigantescos riffs de Tony Iommi, agitando sin parar las incipientes melenas al ritmo de los todopoderosos Bill Ward y Geezer Butler o imitando –para horror de los mayores– los hipnóticos alaridos de Ozzy. Los mayores del lugar miraban a su alrededor con la amable satisfacción de comprobar que los jóvenes hemos sabido heredar su buen gusto, y los jóvenes no podíamos por menos que sonreír cuando descubríamos algún que otro imberbe adolescente arremolinándose en torno a las colas del merchandising, dispuesto a llevarse a casa todos esos tesoros para mostrarlos con orgullo en el instituto. Los pacientes y benévolos germanos hacían cola en los baños rememorando a cappella algún que otro riff del inagotable repertorio de Iommi. Quedaban pocos minutos para que empezara la función. Todo estaba preparado para recibir a Sus Majestades.

De pronto, cuatro figuras negras emergieron de la oscuridad. Todos los allí presentes nos conjuramos para recibir a Black Sabbath como es debido, desgañitándonos con esas primeras líneas del glorioso War Pigs. Ya saben: “Generals gathered in their masses…” Los primeros minutos fueron de éxtasis. Sí, estaban ahí: esos eran los míticos Black Sabbath. El bajo de Butler sonaba arrollador. No negaré que desde pequeño ha sido mi bajista más admirado, pero lo cierto es que no me decepcionó en absoluto. Y ahí estaba Iommi, introvertido, concentrado en su mítica SG, con ese porte de hombre serio y solitario. Y casi sin darnos cuenta pasamos a la que en mi opinión fue una de las piezas más sorprendentes de la noche, Into the Void. Me decía un buen amigo que siempre había sido su tema favorito de Black Sabbath. Nunca he sabido con cuál de sus clásicos quedarme, pero creo que nunca hubiera pensado en Into the Void. Pues bien, después de la descarga eléctrica a la que asistí, se ha convertido en un serio candidato. El primer riff de guitarra sonó lento y pesado, pura esencia Sabbath. Y hacia la mitad del tema, con uno de esos acelerones tan característicos de los de Birmingham, la Westfalenhalle enloqueció.

Tras este espectacular comienzo le llegó el turno al disco Vol. 4. Los temas elegidos fueron Under the Sun/Every Day Comes and Goes y Snowblind. Un poco más calmados, pudimos empezar a fijarnos en ciertos detalles. Sin duda, una de las incógnitas de la noche era el estado de Ozzy. Creo que todo el público coincidió en señalar su apariencia saludable. En cuanto a la voz, le costó afinar algún que otro pasaje, pero en líneas generales ofreció un buen recital. Da gusto ver que tras tantas batallas sigue dando palmadas con ese candor infantil tan suyo. Los más exigentes andaban algo mosqueados viendo que Under the Sun/Every Day Comes and Goes podía hacer peligrar la presencia de uno de los grandes clásicos del Vol. 4, Supernaut. Y así fue. Sin embargo, otro de los temas memorables del disco, Snowblind, vino a suplir con creces su ausencia. Fue uno de los cortes que sonó más compacto, con una interpretación magistral por parte del maestro Iommi.

…Y llegó el turno de 13. La primera canción elegida fue Age of Reason. Como los demás temas del nuevo álbum, no desentonó en absoluto, probablemente porque el sonido de 13 refleja exactamente el sonido actual de Black Sabbath en directo. Solo los muy impacientes sabían ya que tras la primera degustación de lo último de Sabbath se avecinaba uno de los platos fuertes de la noche, es decir, la tríada formada por Black Sabbath, Behind the Wall of Sleep y N.I.B. El inicio de Black Sabbath, tres notas que bien pueden resumir lo que es el heavy metal, nos dejó a todos anonadados. Por unos instantes, cuatro músicos se adueñaron del sonido y del silencio. El prodigioso vibrato de Iommi parecía transformarse en esa figure in black que maldice Ozzy en una de las letras más tenebrosas de la banda. Sin duda, uno de los momentos álgidos de la noche fue el desgarrador Oh, no, no, please God help me!, que Ozzy profirió escoltado por cada una de las gargantas congregadas a su alrededor. Tal vez sea difícil que a estas alturas pueda igualar su magistral interpretación —para mí una de las mejores de la música moderna— grabada en el otoño de 1969 para el álbum Black Sabbath, pero su capacidad de hechizar al público sigue intacta.

Behind the Wall of Sleep no sonó tan redondo como War Pigs, Into the Void o Black Sabbath, aunque para entonces muchos estábamos ya sumidos en nuestro trance particular como para fijarnos en los detalles. Lo que sí recuerdo con nitidez es la interpretación mágica a cargo de Iommi, otra más. A continuación, Geezer Butler nos regaló un emotivo solo de bajo, muy aplaudido por el público, que sirvió de antesala a uno de los temas más celebrados de la noche, N.I.B. Sin duda, uno de los grandes clásicos de Black Sabbath, y uno de los que mejor funciona en directo, de esos que da gusto cantar (sea el riff o la letra, eso va a gusto de cada uno).

Y llegaba una de las grandes revelaciones de la noche, End of the Beginning. Creo que no exagero al afirmar que esta canción contiene uno de los riffs que más hicieron enloquecer al público (el segundo del tema, que irrumpe tras un leve parón). Es increíble que tras tantos años Black Sabbath sigan siendo capaces de producir algunos de los riffs más enérgicos e intensos que se recuerdan últimamente. Gritaba Ozzy aquello de “Release your mind”, y eso fue justamente lo que hicimos.

Tras End of the Beginning volvieron a los inicios con un precioso Fairies Wear Boots, uno de mis temas favoritos de Sabbath y por el que siempre he sentido un cariño especial. Iommi nos deleitaba de nuevo con sus inspiradas melodías a lomos de su SG, al tiempo que Butler hacía lo propio con las cuatro cuerdas. Llegó entonces el turno de Rat Salad y del solo de Tommy Clufetos. Personalmente no soy muy amigo de los solos de batería, y el de Clufetos se me hizo algo largo, aunque me pareció bastante original. Nada que reprocharle, por cierto, en la ardua labor de sustituir al emblemático Bill Ward, por mucho que algunos sigamos rezando por que finalmente se reúnan los cuatro. Por lo demás —aunque quizás me equivoque—, creo que Ozzy no presentó a Clufetos ante el público. Un pequeño borrón en una noche tan entrañable.

El regreso al escenario de los hombres de negro no pudo ser más afortunado: la elegida para continuar con el espectáculo fue nada más y nada menos que Iron Man, por supuesto una de las más coreadas. Tras este gran clásico nos ofrecieron un pequeño remanso con God Is Dead?, también del último disco, y Dirty Women, que fue tal vez la pieza que menos me cautivó. Pero los Sabbath se habían guardado no uno, sino dos ases en la manga. En primer lugar nos deleitaron con Children of the Grave —omnipotente el bajo de Butler—, en mi opinión uno de los temas de Sabbath que mejor suena en directo, tal y como ya ocurría en tiempos del Master of Reality. Ozzy nos rogaba encarecidamente que nos volviéramos “fucking crazy”. La cosa no era para menos. De Paranoid poco más se puede decir que no se haya dicho ya. Uno de los grandes clásicos de la música moderna interpretado con ímpetu y pasión por unos tipos que, una noche más, se despedían de un público absolutamente entregado. Uno a uno fueron abandonando el escenario con una sonrisa de oreja a oreja, con la ilusión propia de lo que siempre fueron y serán Black Sabbath: unos chavales de Birmingham locos por la música.

 

Daniel Tejerina

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