NO HAY HIPSTERS EN EL METAL

NO HAY HIPSTERS EN EL METAL

Los que estamos acostumbrados a ir a conciertos de varios estilos venimos notando un hecho curioso, seguro que alguno de vosotros lo ha notado también, la presencia en según que shows de gente que no debería estar allí, tumblr_lrg9drYXGJ1qmzugpo1_500o mejor dicho, que es raro que esté allí, porque al fin y al cabo, quien es nadie para pensar o decidir quien tiene derecho o no, a acudir a según que eventos.

Graveyard fue un caso muy claro, una banda de hard rock setentero que además del rockerío habitual ha enganchado a multitud de personajes que seguramente no hayan escuchado un disco entero de Black Sabbath en su vida, aunque se pongan muy serios a la hora de decir aquello de: “No me gusta el heavy metal pero a Sabbath los respeto…”. Es un hecho, el sorprendente éxito de Graveyard ha venido marcado por la inclusión de estos hipsters de barba perfectamente desaliñada y abrigo caro que han adoptado a la banda como suya.

El día ya lejano de Malcome Halcombe también fue sorprendente, aquella noche me alegré por el promotor y por el artista, un tremendo cantautor de sangrante country blues que sin duda merecía llenar el local, pero allí además de los cuatro adoradores de Johnny Cash o David Allan Coe, estaban ellos, sin saber nadie de donde habían salido ni porqué extraña razón habían escogido a este homeless como artista a seguir, allí se presentaron a pasar la velada, poco caso le hicieron al hombre, pero no faltaron a la cita.

Una última ocasión especialmente irritante para un servidor fue la llegada por primera vez a nuestro país de John The Conqueror, el trío de blues funk que está empezando a despegar seriamente en América. Aquella noche las primeras filas estaban ocupadas por las caras habituales, y el resto, hipsters atraídos por ese eslogan tan chulo llamado “Caprichos del Apolo” y por el hecho de que en las publicaciones más cool hayan citado a la banda como una posible “the next big thing”. Además de escuchar acertados comentarios de que aquello estaba siendo una decepción de concierto, iba oyendo cosas que me producían auténtico sonrojo. Detrás de mí, una chica con unos tacones más altos que el Empire State Building, comentaba más o menos cada diez minutos lo guapo que era el cantante, Pierre Moore, y a mi lado, una pareja de super mega hipsters diseccionaban cada tema como si estuvieran haciendo un estudio sobre el concierto, no pude evitar lanzarle una mirada inquisidora al tipo cuando le soltó a su compañera: “Son como una mezcla entre Keziah Jones y John Lee Hooker, tremedos”. Y eso que la banda se mostró discreta (por ser amable) sobre el escenario, no me quiero imaginar que hubiera pensado de la demostración de poderío bluesero que nos dio la Steepwater Band tan sólo un par de semanas después, pero claro, en este bolo ya no estaban, los de Chicago no son tan chupiguais.

Y bien, toda esta disertación cargada de rabia e ironía, ¿a que viene? Sencillo, a que acabo de vivir la experiencia de presenciar el concierto de Toxic Holocaust y, menos mal, en aquella sala no había ni una sola persona que no amase hasta la médula a la banda y al estilo que practican. Nadie estaba allí para figurar, ni para presumir, ni para vacilar, los más jóvenes estaban allí para partirse las cervicales en los numerosos circle pits que el atronador trash de los americanos creaba, y los demás para sacar nuestros demonios y mover nuestros cansados cuerpos en una ceremonia real, honesta, cerrada a la gente que todavía pensamos que esto es mucho más que música.

No voy a comentar el concierto, de eso se encargará algún compañero de Tremors, pero no puedo evitar recordar el estremecimiento que me causó la imagen, durante el tema “Agony Of The Damned”, de ver las gotas de sudor de Joel Grind cayendo por un pico de su Flying V mientras nos destrozaba con ese riff infernal, magia pura. Miraba hacía las primeras filas y aquello era un amasijo de cuerpos adolescentes (y no tan adolescentes) partiéndose el alma mientras se desgañitaban cantando “666”,  daba un vistazo a mi alrededor y me veía rodeado de amigos con sus manos encuernadas en alto pidiendo voz en grito “War Is Hell” o flipando de cómo había sonado “Wild Dogs”, un grupo fusionado con su audiencia, eso es lo que veía, una banda poniendo una sala como un puto volcán en erupción. No, allí no había hipsters, no había curiosos que después pudieran presumir de haber visto “un show rompedor” a pesar de no conocer ni una sola nota de lo que iban a ver, definitivamente no hay hipsters en el metal. Y ya se lo que me vais a decir, me citareis nombres como los de Mastodon o últimamente Red Fang, como ejemplos de bandas metálicas que atraen un público más, digamos, refinado. Quizás estéis en lo cierto, pero yo me refiero a otra clase de metal, ya sabéis a lo que me refiero.

Andrés Martínez

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