DIARIO DE UN METALLIBAN (SEGUNDA PARTE VOL.VI)

 

DIARIO DE UN METALLIBAN (SEGUNDA PARTE)

 

Miércoles 2 de Julio de 2014

 

Despierto hoy con dos novedades no demasiado alentadoras después del gran día vivido ayer. La primera es una resaca más que interesante, fruto del ímpetu con que uno suele coger estas peripecias el primer día y la reunión con colegas que siempre fomenta el que uno se acabe pasando del límite. No va más allá, nada que un buen desayuno reconstituyente no pueda solucionar. La segunda es más jodida, porque al ir a poner a cargar el móvil me he dado cuenta de que el cable micro usb con el que se carga está roto. Mal asunto. Significa quedarme incomunicado en el momento en que se me acabe del todo la batería y para el resto del viaje, ni más ni menos que once días. Más cuando uno usa el móvil como reloj, despertador, cámara de fotos, conexión a internet, etc. En momentos así terminas de darte cuenta de lo que dependemos ahora mismo de estos cacharros y lo que enganchan, cuando hace unos años podíamos y de hecho vivíamos sin ellos y viajábamos igual. Mala (o buena, depende) época la que nos ha tocado vivir.

 

Con el cabreo consiguiente y el pensamiento en mente de intentar adquirir un cargador nuevo que me pueda servir para dicho cacharro lo primero es ocuparse del primer problema. Afortunadamente el desayuno buffet del hotel es lo bastante amplio como para satisfacer las necesidades de mis maltrechas neuronas y me afano sin dudarlo en ayudar a recuperar todo lo posible lo derrochado anoche en el recinto del festival. Tras descansar un rato en el hotel y seguir maldiciendo por el asunto del teléfono de marras, agarro mi mapa y las instrucciones que la gran Silvia me ha facilitado para ver Roma en un día y me preparo para iniciar una jornada turística lo más completa posible una vez repuesto y en las condiciones adecuadas para ello. El cabreo reinante hace que me olvide en la habitación del hotel de la cámara de fotos que me acompaña en el viaje y con la que suelo grabar todos esos vídeos con los que doy la coña al personal tanto aquí como en mi canal de Youtube. De ahí que la entrega del diario de hoy esté carente de fotos. Una pena hablando precisamente de una ciudad como Roma, pero en mi mente quedarán grabadas para siempre.

 

El hotel en el que me alojo se encontraba muy cerca del hipódromo dónde tuvieron lugar ayer los conciertos, cosa que hice adrede para evitar desplazamientos al centro de la ciudad a horas intempestivas en las que puede haber problemas para moverse en transporte público al finalizar el festival, pero lejos de la zona céntrica de Roma. Así que armado de paciencia me desplazo primero en autobús hasta la estación de metro más cercana y una vez allí hasta la estación en la que tengo previsto iniciar mi recorrido. Hablaba antes de conocer Roma en un día, cosa que tanto Silvia como yo y como cualquiera con dos dedos de frente sabe es del todo imposible, pero con ganas y un poquito de brío se puede conseguir ver bastante de una ciudad en tan poco tiempo aprovechando bien el mismo. Eso es lo que he tratado de hacer y creo que lo he conseguido con creces.

 

La idea de empezar por la Fontana de Trevi se me vino abajo desde que me dijeron que estaba en obras, así que me la he saltado. He tirado para la zona del panteón de Agripa y las plazas de Navona (que es una auténtica preciosidad) y la del Campo de Fiori. Desde ahí una visita (solamente externa) al castillo de Sant’angelo, desde el que la panorámica es más que recomendable y a partir de ahí cruzar el río para dirigirme a la plaza de San Pedro. Este es un lugar que fuera de mis recelos hacia todo lo que tenga que ver con la religión no deja de ser un emplazamiento histórico que merece muy mucho la pena visitar, a pesar del ambiente beato que lo rodea. Beato y no beato, porque lo de Roma y el turismo es caso aparte. Durante todo el día me he encontrado miles y miles de turistas domingueros como yo. A esta ciudad volveré con tiempo pero sobre todo en otras fechas, porque a pesar de que seguro está concurrida todo el año, siempre habrá mejores épocas que el verano en cuanto a afluencia y temperatura (un calor asfixiante y una humedad brutal no han dejado de acecharme toda la jornada).

 

La idea era entrar a ver la iglesia y de hecho he esperado la cola durante un rato, pero entre que no avanzaba demasiado y el calor sofocante he decidido retirarme a por un refrigerio y seguir con el recorrido previsto tratando de visitar todo lo que me fuera posible antes que perder medio día en una cola. Con la intención de cruzar el Tíber por el puente Garibaldi tal y como me recomendaron, he decidido hacer una incursión antes de ello en el barrio del Trastevere, que me llamaba la atención y creo haber acertado porque me ha encandilado. Aunque destaque la Plaza de Santa María, son las estrechas calles que pueblan el barrio las que más me han gustado y tiene pinta de ser mucho más atractivo incluso de noche, aunque eso ya me tocará la siguiente vez que vuelva (que pienso hacerlo). Algo para picar regado con decenas de litros de agua para sofocar la calorina y de ahí al puente de Garibaldi para finalizar el recorrido por el barrio judío, la isla Tiberina, la iglesia de la boca de la verdad (que ha llegado a aparecer en más de una película), el Foro y el Coliseo. Además de haberlo visto todo demasiado rápido me quedo con esa sensación de exceso de personal por todas partes, pero la imagen general que me llevo de la ciudad es fantástica. Se la recomendaría a cualquiera. Por cierto que las camisetas de Metallica han ido persiguiéndome por todas partes, señal evidente de que un tanto por ciento de los turistas, por bajo que fuera, había acudido a Roma no solamente por las razones habituales por las que uno se desplazaría hasta aquí.

 

Con las plantas de los pies echando humo y con todo lo que me queda por delante, el transporte público se convierte en mi mejor aliado para retornar ya de noche al hotel, donde me esperaban varias buenas noticias: alimentos para recuperar las fuerzas perdidas en el camino, cervezas heladas, aire acondicionado y casi lo mejor de todo, darse cuenta de que el cable que conecta la cámara de fotos con el portátil para el trasvase de información es igual que el del móvil que por la mañana me había encontrado estropeado. Buena nueva para terminar el día porque deslumbrado por la ciudad y el tremendo paseo se me había olvidado por completo buscar una tienda donde intentar localizar un cable o un cargador completo válido para el teléfono. Todo lo que pintaba mal por la mañana acabó arreglándose con el transcurso de las horas. Se le suele llamar la ciudad eterna, y a buena fe que lo será, pero en mi caso ha sido más bien la ciudad mágica. Toca empezar a ver la última temporada de “Boardwalk empire”, que me va a acompañar durante esta travesía y descansar para iniciar mañana el viaje hacia la segunda etapa del recorrido: Basel. Enorme ciudad Roma y mejores conciertos los vistos el día anterior. No puedo pedir más.

Jorge Delgado

 

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