DIARIO DE UN METALLIBAN (SEGUNDA PARTE VOL. X)

DIARIO DE UN METALLIBAN (SEGUNDA PARTE)

Sábado 12 de Julio de 2014

met4Me despierto en Varsovia después de una más que reparadora sesión de almohada, posiblemente la más larga de todo este viaje y con el tiempo justo para llegar al final de la hora límite de desayuno en el hotel. Me encuentro con la agradable sorpresa de que además de los típicos productos de todo buffet internacional, también ofrecen una selección de comida local polaca, lo que me permite probar varias cositas que me convencen de lo lindo y me ayudan a equilibrar mi dieta de las últimas dos semanas que estaba siendo bastante lamentable. Una vez saciado, de hecho más de lo que realmente necesitaba, me encuentro ante la última jornada de esta aventura, con todo el día libre por delante antes de tener que volver mañana a la cruda realidad diaria. El infortunio climatológico que he sufrido en varios momentos de esta excursión ha decidido darme la despedida que me merezco y me encuentro con que está lloviendo como si no hubiera un mañana. En un principio he pensado que se me había chafado la idea de recorrer la ciudad con tranquilidad pero una vez puestos, dado que es el último día y que no sé si volveré por aquí alguna vez, me lío la manta a la cabeza y tiro adelante con la idea original.

Bajo una cortina de agua espectacular y con más fresquete en el ambiente que otros días, comienzo visitando el Palacio de la Cultura y la Ciencia, un edificio enorme referente de de la arquitectura comunista que impresiona nada más verlo y con un mirador que ofrece unas vistas tremebundas de toda la ciudad. Desde ahí me dirijo al casco histórico de la ciudad, Patrimonio de la Humanidad, donde paseo todo lo que el agua me deja por sus calles hoy anegadas pero me imagino que bastante disfrutables en un día más normal. Paso por la Catedral de San Juan hasta llegar a la plaza del mercado, donde abundan las tiendas y los restaurantes y donde hago un alto en el camino para tomar un café porque o me detengo o me calo hasta los huesos. Amaina un poco el temporal y me acerco a ver el Palacio Real y la iglesia de Santa Ana, bastante interesantes ambos. Desde la plaza del castillo hay un agradable paseo hasta el parque Wilanow, en el que se atraviesan varias iglesias y palacios pero el jarreo de agua vuelve a intensificarse y tengo que abandonar mi idea de visitar el parque porque aquello puede ser el acabose.

Viendo el panorama lo mejor es dejar el turismo y regresar al hotel porque las condiciones son horrorosas para semejante tarea. No hay forma humana de ver en condiciones nada y vuelvo met1entonces al barrio de Praga donde se encuentra situado mi alojamiento, zona a la que se han trasladado muchos artistas en los últimos años y que se solía considerar como relativamente peligrosa aunque lo cierto es que yo no veo nada que se parezca a esto hoy como tampoco lo vi ayer. De todas formas, viniendo del barrio de Villaverde en Madrid poco me va a asustar a estas alturas. Tengo el culo pelao de ver y tratar con ciertos personajes y situaciones. Antes de entrar a la habitación echo un vistazo a la iglesia ortodoxa de Santa María Magdalena, que me pilla de camino al hotel y por fin consigo refugio en el que resguardarme de la tormenta perfecta. Fumando un cigarrillo en la puerta me fijo en que justamente enfrente del hotel hay un restaurante de comida tradicional polaca y dado que el cambio monetario aquí también nos es altamente favorable, decido aventurarme a probar su gastronomía. En nuestro común inglés macarrónico acabo acordando con un camarero que me va a traer una especie de degustación de varios productos locales y la verdad es que por una cantidad económica irrisoria acabo saliendo de allí dando tumbos como un bolo, tras haber probado carne en salsa, pescado en escabeche, una especie de tortilla de verduras y un postre que estaba delicioso.

Cruzo la acera con la tripa llena y me encuentro en la entrada del hotel con varias personas trajeadas fumando en la puerta. Resulta que están celebrando una boda en el restaurante y cuál es mi sorpresa cuando se me acerca uno de los presentes, que resulta ser el novio (ya esposo a esas horas) y que me señala mi cazadora de Metallica diciéndome que anoche estuvo en el concierto junto con la que ya es su mujer. Flipando yo con su historia y él con que yo haya ido allí desde tan lejos, me invita a tomar algo dado que ya están con las copichuelas posteriores a la comilona y allí me junto con él, la novia y otro par de amigos suyos que también habían visto el concierto y durante un rato charlamos del mismo e intercambiamos historias varias sobre Metallica, su país y el mío. Resultan curiosos los lazos que se pueden llegar a establecer por algo como la música y en este caso gracias a grupos como el que la vida me ha “obligado” a seguir. Me pongo a pensar en esto cuando regreso a la habitación, recordando todas las personas que he conocido a lo largo de todos estos días, no solamente en este tramo sino también en la primera parte del recorrido allá por finales de Mayo, todas las anécdotas que he vivido, todos los lugares preciosos que he conocido y la reflexión final que puedo hacer no resulta ser más que maravillosa.

met2Con el ruido de fondo del agua golpeando los cristales de la ventana de la habitación me da por hacer el cálculo total del viaje. No recuerdo quién fue pero alguien me preguntó si me había parado a pensar la distancia que iba a recorrer y me parece un buen momento para comprobarlo. Así a vuelapluma y algunas decenas de ellos arriba o abajo, me salen 13213 kilómetros. Una locura que comenzó un 27 de Mayo camino a Helsinki y que concluye el 13 de Julio volviendo a casa desde Varsovia, con un descanso de tres semanas entre medias. ¿Y todo esto a cuento de qué?. Pues a cuento de Metallica y de cumplir un sueño que ya en parte logré en 2010 con otra aventura parecida pero ni de lejos cercana a la barbaridad de la que estamos hablando ahora. Diez conciertos en diez países. Meses de preparación logística en cuanto a compra de entradas, reserva de vuelos, hostales, cambios de moneda, transportes locales, búsqueda de mapas por internet, recorridos a realizar en cada sitio, etc. La pesadilla de encajar vuelos, horarios y rutas teniendo en cuenta las prisas y la premura de estar apenas dos días en cada lugar. Todo ello para que al final se pase en un suspiro. Porque eso ha sido, un suspiro que me duele en el alma tener que dejar de hacer y una rueda en la que me vería envuelto de aquí al final de los tiempos sin la más mínima duda.

¿Ha merecido la pena tanto esfuerzo de tiempo y dinero?. Desde el primer segundo al último y desde el primer céntimo de euro al último zloty polaco que me llevo de vuelta en el bolsillo del pantalón. Una experiencia vital y personal de enorme magnitud que me llevo conmigo y que ya nadie me va a quitar. Cuando uno es capaz de llevar su pasión hasta los límites más insospechados el resultado no puede dejar de ser el mejor a poco que las circunstancias acompañen. Me he dejado muchas cosas por el camino (dinero que no tengo, neuronas, un par de pies) pero vuelvo con la satisfacción del deber cumplido. Porque para mí esto era un deber. Solamente aquellos apasionados por algo, sea éste algo lo que sea, podrán comprenderme. El resto pensaréis que soy un colgado de la vida, que estoy para que me encierren y que mejor no me acerque a vosotros por si os pego cualquier cosa. Y probablemente tengáis razón. Pero los pocos que compartís conmigo ese sentimiento de pasión por algo sabéis seguro de lo que os hablo. Sea una pasión musical, cultural, deportiva, histórica o de cualquier índole.

En el caso de Metallica es más curioso aún, por el odio casi ancestral que generan en muchísima gente. No es cuestión ahora de repasar la historia porque no tendríamos gigas de espacio suficientes en la web para almacenar el debate, pero no creo que haya otra banda ante la que se manifieste semejante inquina en este mundillo. Afortunadamente somos muchos también los que nos encontramos del otro lado de la barrera y también hay descerebrados en este bando que se ponen la venda en los ojos y no ven más allá pero en general no somos tan lerdos como pueda parecer. Ya sabemos que “no tenemos ni puta idea”, que nos tienen engañados, que nos han estafado a las entre 25.000 y 60.000 personas que han acudido según la ciudad a cada uno de estos diez conciertos, y así un largo etcétera. Pero no hacemos daño a nadie (salvo a nosotros mismos). El hater no nos comprenderá y se reirá de nosotros. Bien por ti amigo, si así te hacemos feliz. El seguidor medio pensará que tampoco es para tanto la cosa, que el asunto se disfruta y a otra cosa mariposa. Perfecto, te lo has pasado bien y es hora de pasar página y dedicarse a otros menesteres.

Ahora bien, ¿qué ocurre con los fans enfermizos como yo?. Eso es otra historia. Nosotros vivimos los conciertos de Metallica de una forma muy diferente y quizás difícilmente comprensible para el resto. Eso es lo que lleva a centenares de met33miles de personas en todo el mundo a reventar noche tras noche cualquier recinto en el que se presentan. Más allá de los eternos, manidos y aburridos debates interminables sobre la banda. No hay sentimiento equiparable en la tierra como el que nosotros experimentamos cuando se apagan las luces y el público ruge y se vuelve loco al comenzar a sonar “The ecstasy of gold” y no somos capaces de contener las lágrimas. Escalofríos recorren nuestro cuerpo de arriba a abajo mientras se nos erizan los cabellos cuando Lars Ulrich aparece en escena y se eleva detrás de su batería poniendo un pie en su asiento y otro en uno de los bombos. La piel de gallina aparece en nuestras piernas y brazos cuando vemos surgir a James Hetfield con su guitarra colgada al cuello. Las pupilas se dilatan al mismo tiempo que nuestros corazones se salen del pecho cuando Kirk Hammett y Robert Trujillo se unen a sus compañeros en el comienzo del tema inicial de turno. Es la noche que cambia tu vida para siempre. Es un chute de pura adrenalina en toda regla. Es una sensación que por más veces que la vivas jamás envejece. Es el estado máximo de felicidad que puedes alcanzar. Es mejor que cualquier droga. Es mejor que el sexo. Es crudo. Es salvaje. Es una reacción instintiva animal. Es Metallica.

Jorge Delgado

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