WOVENHAND

WOVENHAND

woven1Empecemos por lo bueno. Lo bueno es que en Barcelona tuvimos la suerte de poder asistir a un concierto de un grupo distinto, particular, de esos que se hace difícil clasificar bajo una o varias etiquetas. ¿Country, folk, post-rock, experimental? Todo eso y algo más. La banda, liderada por el excéntrico David Eugene Edwards, venía a presentarnos su último disco, Refractory Obdurate. Un disco, por cierto, en el que cuesta entrar, pero que llega a atraparte como pocos, capaz de atraer a un público de lo más variopinto, tal y como se pudo percibir claramente en la Sala Apolo. Grande era la expectación por escuchar al carismático ex de 16 Horsepower, que iba a ofrecernos un repertorio formado en su mayor parte por temas de su último trabajo y de su predecesor, The Laughing Stalk.

Y la cosa no empezó nada mal. La banda decidió abrir el show con “Hiss”, sin duda uno de los temas más sorprendentes y pegadizos de su último trabajo. Ahora bien, antes de deleitarnos con este temazo, Edwards se permitió el primero de uno de esos numeritos marca de la casa que tanto le gustan, es decir, 5 minutos de mística o palabrería —según como se quiera— que anunciaban lo que iba a ser el resto de la noche: un show a caballo entre la buena música y el culto a la megalomanía del señor Edwards.

Por si las moscas, vaya por delante que soy consciente de que a muchos les pudo parecer un espectáculo extraordinario —y mentiría si dijera que el público en general no parecía satisfecho—, pero prefiero exponer mis impresiones y opiniones personales que hacer un torpe ejercicio de objetividad. Si bien el sonido fue correcto, para mi gusto Edwards se recrea demasiado sobre las tablas, alargando innecesariamente las canciones con sus peroratas y sus acordes a ninguna parte. Es una pena, porque a muchos nos dejó una sensación agridulce. Podría ser mucho mejor, decíamos unos cuantos.

Es cierto que las actuaciones de Wovenhand siempre han sido así, cargadas de misticismo e introspección, pero bajo mi punto de vista no deberían centrarse tanto en reverenciar la figura de su líder, sino en la interpretación de su repertorio; por poner un solo ejemplo, creo que tendrían que evitar cosas como cortar el trepidante y muy aclamado inicio de “Corsicana Clip” (licencia cuyo único fin consistía en que Edwards pudiera lucir colocón y acaparar de nuevo las miradas con uno de sus vuelos místicos hacia algún lugar al que yo, para qué engañarnos, no me acerqué en toda la noche). Sí, puede que sea cosa mía (¿ignorancia, poca empatía, falta de sensibilidad, un mal día?), no lo sé. Lo que sí sé es que hasta la próxima ocasión prefiero quedarme con Refractory Obdurate, un disco oscuro y atávico que no deja de sorprenderme tras cada escucha, antes que con su —a mi juicio— malograda actuación en Barcelona.

 

                                                                                    Daniel Tejerina

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